
Los garbanzos, conocidos también como “gabrieles”, porque se plantan el día de San Gabriel, están cargados de historias y de curiosidades ecdóticas. Se habla de ellos, bien, mal y lo siguiente. Fueron introducidos en la Península por los cartagineses con su avanzada agricultura, y curiosamente los colonizadores españoles, lo introdujeron en América y, a cambio, trajeron la alubia mexicana, con lo cual, el garbanzo tuvo todas las de perder, entrando en franco retroceso en la Península y en varias regiones de Europa en las que se había consolidado.
Desde lejos, muy lejos, se conocen historias y curiosidades de esta legumbre, con su importancia simbólica relacionada con la muerte. Y así vemos como los griegos de la época clásica (anterior a Cristo) comían garbanzos en los banquetes fúnebres. En la región de Niza la tradición establece comer garbanzos el miércoles de ceniza, el viernes santo y el día de todos los santos. Ante lo visto, Carlomagno reclamo a sus campesinos que cultivasen garbanzos. Con el comienzo del cristianismo, la misma tradición existe en numerosos lugares de España, y durante el viernes santo, es tradicional comer el suculento potaje de garbanzos.
Pero no en todos los sitios cuecen habas, ni se ven las cosas de la misma forma. Los romanos los odiaban, lo mismo que los franceses, y una gran parte de los europeos, razón por la que no aparecen en la mayoría de sus cocidos. En Roma, por ejemplo, se exhibía a un esclavo cartaginés con cara de tonto, comiendo garbanzos para regocijo y motivo de risa del pueblo romano.
Julio Camba, en su obra “La Casa de Lúculo”, una obra deliciosa, penetrante y llena de humor y de observaciones atinadas, dice ni más ni menos lo siguiente de los garbanzos: legumbre tradicional en España desde que los cartagineses nos gastaron la broma de plantarla en ella. Los garbanzos constituyen el truco de que, durante veintitantos siglos, se han valido los maridos españoles para entretener a las mujeres en casa. Generalmente no hay remojo ni cocción que los ablande, y eso va ganado el caldo en el que no dejan más sustancia de la que dejaría un puñado de balines.
Tampoco se queda corto Alejandro Dumas sobre este particular, afirmando que “los garbanzos, señores, son una especie de guisantes del tamaño de una bola de calibre, a los que terminó uno por acostumbrarse, aunque mi estómago no ha podido con ellos, ya que el primer día se come usted uno, dos el segundo, tres el tercero y con ciertas precauciones es posible que pueda sobrevivir a la prueba”.
Lo que sí, al parecer, está claro es que, para los estómagos delicados, los garbanzos no son fáciles de digerir, y el propio doctor Jiménez Díaz decía con humor que el mal genio y la irritabilidad de los españoles y mejicanos se debía al gran consumo que en estos países se hacía del garbanzo. De todas formas, posiblemente sean un poco exagerados estas afirmaciones y prefiero quedarme con lo que dice “El libro del arte amatorio hindú”: su consumo habitual favorece los placeres amorosos.
No todo lo que se ha escrito está en contra de los garbanzos, muchas y buenas líneas se han dedicado también a los benditos gabrieles: “Los garbanzos son la tramoya del cocido, decía Andrés Laguna, médico humanista y segoviano del siglo XVI, los garbanzos hacen buen vientre, provocan la orina, engendran ventosidades, producen buen color y un sin fin de bondades más. El garbanzo es rabiosamente ventoso. Pedorro. Pero tiene remedio. Decía mi abuela Adela Cachero que lo más eficaz para los vientos de popa era un padre nuestro, antes del cocido a San Gangulfo. Mano de Santo. Pues San Gangulfo es el patrón de los pedorros, de los que padecen incontinencia aérea[1].Para terminar con una frase solemne en el mismo texto que precisa: “Todos los garbanzos engendran ventosidades y son productivos de esperma por lo que incitan a fornicar”.
[1] La cocina sentimental. Antonio Civantos – 1997
