
El otro día, atravesando una avenida llamada “Duque de Wellington” me vinieron a la memoria, episodios…
Desde hace más de 200 años, los días 21 de junio y 31 agosto, se cumplen los respectivos aniversarios de la batalla de Vitoria y la de San Marcial (cerca de San Sebastián, en el entorno de Irún), acaecidos en el año 1813, con sus respectivos días después, con sus correspondientes saqueos, espolios, muertes y violaciones, el llanto y los lamentos, el incendio y destrucción de la ciudad de Donostia – San Sebastián. Y todos los años por estas fechas sigo escuchando alabanzas, agasajos, aplausos, nombres de calles, etc., al héroe Arthur Wellesley Duque de Wellington. Cuando pienso en Vitoria, pero de una manera muy especial en Donostia – San Sebastián se me eriza la piel y el héroe se convierte en malvado. Empezare por Vitoria – Gasteiz. El día después de la famosa batalla de Vitoria, el auténtico y único héroe fue el General Álava, quien le pidió permiso a Wellington para entrar el primero en la vieja Gasteiz y cerrar las puertas de la muralla a cal y canto para que no entrasen las tropas aliadas, sabedor de lo que había ocurrido en otras ciudades, y como se las gastaba la soldadesca inglesa. Y gracias al General Álava, el gran héroe, Vitoria – Gasteiz se libró de los tristes sucesos que acontecieron pocos días después en Donostia.
¿Porque tengo esta opinión del Duque de Wellington? En primer lugar y, antes de nada, quiero dejar claro, muy claro, que aparto totalmente todo lo que tenga que ver con sus dotes militares, de estratega, etc., no faltaría más. Yo voy por otros derroteros.
El ejército francés, llegaba a Vitoria derrotado y diezmado, huyendo por toda España, y en la Vieja Gasteiz y sus alrededores, se le dio la puntilla. Emprenden una fuga sin control dirección Pamplona, dejando esparcidos todos sus saqueos. Los soldados ingleses, unos 50.000, en vez de perseguir al francés, prefieren lanzarse como buitres sobre los carros abandonados de los gabachos portadores de grandiosos tesoros, obras de arte, etc., y Wellington ante algunas críticas lo dejó bien claro: “¡Dejadles, hoy han ganado bien su botín!”, olvidándose de su misión perseguidora, entregados a la rastrera rapiña, que permitió a los franceses irse de rositas, librarse de ser aniquilados y de una derrota sin paliativos.
El grueso del ejército francés prácticamente desarmado, ¡ojo!, sin sus 150 famosos cañones, pudo llegar a Pamplona tranquilamente y unos días más tarde, 70.000 soldados franceses cruzaban los Pirineos sin que nadie les opusiese la menor resistencia (al enemigo ni agua). El inglés Sherer escribía: “Confieso que quedé desilusionado con el resultado…Por mi parte hubiese preferido enterarme de grandes desastres en las filas francesas…” Este mismo ejército se reforzó en Pamplona y Donostia y paso lo que paso.
El ejército francés aguantó en Donostia hasta el día 31 de agosto del año 1813, día de la famosa Batalla de San Marcial, en la que sufrieron 4.000 bajas y las tropas aliadas algo más de 2.500. Lord Wellington en un principio se pegó la fantasmada de apuntarse el tanto de la victoria, para más tarde, agachar las orejas y reconocer que sus divisiones solo fueros testigos presenciales.
Los que sí estuvieron presentes en la conclusión de la batalla, fueron ingleses y portugueses, dedicándose al más rastrero de los saqueos, violaciones, etc., y el incendio de la ciudad de Donostia.
Llegando a este punto, merece la pena, un comentario más detallado, para lo cual, voy a basarme en el libro “Pólvora, plata y boleros” escrito por Leopoldo Stampa Piñeiro, que dice así: “La mitad de la ciudad quedo totalmente destruida por el fuego de artillería a manos del ejército británico. La infantería inglesa y portuguesa, cometieron toda clase de abusos, asesinatos, robos, una orgía de saqueos y violaciones contra la población civil y al final la incendiaron – donde ya no se combatía-, los franceses aún resistían en el castillo del monte Urgul, pero no en la ciudad”.
“Las calles estaban literalmente cubiertas de cadáveres calcinados y los únicos seres vivos que se veían eran grupos de soldados británicos buscando entre las ruinas”.
Miguel ‘Ángel de Irramendi vio desde una ventana “a una moza amarrada a una barrica que estaba en cueros, quien después de ser violada una y otra vez, permanecía toda ella ensangrentada con una bayoneta clavada por cierta parte del cuerpo que el pudor no nos permite nombrar”.
El día 8 de septiembre los concejales donostiarras sobrevivientes enviaron a Wellington una Memoria sobre el desastre, responsabilizando a sus tropas y pidiéndole 2.000 raciones de comida ya que no tenían que comer, pero Wellington se lavó las manos como Pilatos y denegó toda ayuda, culpando a los franceses del incendio y destrucción de Donostia.
El día16 de enero del año 1814, en un cuestionario realizado a los supervivientes, las respuestas coincidieron: “La ciudad de San Sebastián fue incendiada por las tropas asaltantes, después de haber sufrido por parte de estas tropas un saqueo horrible como no había sido visto en la Europa civilizada…”
Y, para concluir, vaya este broche de oro. Wellington se sintió contrariado por el poco dinero incautado en la Batalla de Vitoria, pero, ¡Ojo!, en compensación, fue reconocido por sus méritos guerreros, otorgándosele el título de Duque y la concesión del sitio de Soto de Roma y del terreno de las Chanchinas en la vega de Granada. Pero, esto es peccata minucia ante lo que se avecina. De los centenares de furgones que abandonaron los franceses en su huida de Vitoria, entre los pueblos de Elorriaga y Matauco a escasos kilómetros de la ciudad, cargados de obras de arte del despojado Palacio Real de Madrid, del Palacio de Aranjuez, del Palacio de la Granja de San Ildefonso, etc., etc., etc., y que fueron aprehendidos por Wellington, se encontraban cuadros de los mejores pinceles como Teniers, Van Dyck, Rubén, Tiziano, Rivera, Murillo, el famoso y maravilloso Aguador de Sevilla de Diego Velázquez, etc., se calcula entre 165 a 200, los cuadros que Wellington mando a Londres sin tan siquiera haberlos visto. Pero, a decir verdad, cuando llego a Londres el duque de Wellington y los vio, quedo tan asombrado y sorprendido que considero que había que devolverlos a España, proponiéndoselo así en el año 1814 al Rey de España en aquellas fechas Fernando VII, el rey le respondió: “quédate con ellos, en gratificación por los servicios prestados”. El impresentable Fernando VII llamado el rey Felón (falso, traidor, desleal…), monaguillo de Napoleón Bonaparte, que le humillo haciéndole recorrer media Península como perro fiel sigue a su amo, hasta que llego a Bayona donde por fin se encontró con Napoleón Bonaparte, que le hizo renunciar a la corona y lo encerró. De regreso a España Fernando VII otra vez como rey, tuvo este pequeño detalle con el Duque de Wellington, así, sin darse la menor importancia, como quien regala unos bombones o una caja de puros. Querido rey: “Las obras de arte y el arte en general son patrimonio del estado”. Y Wellington, le dijo con solemne ritual: muchas gracias majestad y colgó los cuadros en su residencia el palacio de Apseley House o “Wellington Museum” en Londres y PUNTO
Que cada cual saque sus propias conclusiones.
