EL GALLEGO CANDELUCUS Y SU AMIGO NAPOLEÓN Dedicado al historiador Paco Góngora

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         J. de Candelucus, es un personaje fascinante, magnifico contador de historias y misterios, además de un gran cocinero. Poseedor del difícil don de las lenguas: Escribe sus recetas en francés, seduce a sus amantes en italiano, cuenta historias divertidas, al mismísimo Papa Benedicto en latín, en sus sueños, susurra en alemán, a la hora de hacer promesas, en castellano, cuando se cabrea, jura e insulta, en la lengua de su tierra, el gallego.

         Cuentan los cronistas, J. Candelucus aparece tanto en libros, como en diferentes crónicas, o bien, como contador de historias, artículos o diarios íntimos y en varios libros de cocina, pero, sin destacar como un gran escritor, mas bien como un personaje misterioso y secundario, eso sí, amigo de gente muy importante, como Napoleón Bonaparte, del que fue su gran cocinero y amigo hasta la muerte como veremos a continuación, Napoleón le llamaba “Condenado alquimista del fogón”, aunque para muchos era más bien, un criado con aficiones de escritor, o un comparsa que se retrata al lado de los protagonistas de la historia, hasta María Antonieta entra en sus apasionantes historias, incluso el Papa Benedicto.

          Vamos a conocer un poco mejor su historia, partiendo de un encuentro fascinante. Una tarde de julio del año 1899, Sigmund Freud (padre del psicoanálisis), se encontraba en Baviera con su hermano Alexander y le pregunta:

¿Quién es J. Candelucus?

         A lo que le contesta su hermano: Candelucus, es un gran cocinero y un magnifico contador de historias, acompañante inseparable de Napoleón Bonaparte en las batallas y en lo más humano, en la cocina o como su fiel criado, hasta tal punto de acompañarle hasta el destierro de Santa Elena, y cuando el emperador tenía la memoria desbaratada y no recordaba ni el final de las batallas, su fiel criado le cambió la historia y le hizo feliz en sus últimos momentos, recordándole el triunfo de Waterloo (que fue derrota), y Napoleón en el postrero trance final, el día 5 de mayo del año 1821, murió exultante de felicidad, recordando la victoria, y el cocinero gallego le cerró los ojos.   

        Que gran medicina es una mentira a tiempo – reconoció el sabio Sigmund Freud -.

       Cuentan historias y no acaban, y así, un buen día el ya legendario gastrónomo lucense J. de Candelucus, volvía de la fiesta que habían dado los muchachos en el patíbulo parisino en honor de Luis XVI y su esposa María Antonieta y, conoció por primera vez, un gran invento “las patatas fritas”, al probar aquel manjar se sorprendió y alucinó, pero como buen gallego, guardó el secreto para sacarle partido, que lo sacó, en mejor momento.

        No aparecen en la historia, grandes descripciones del gallego, sin embargo, son coincidentes en una, Candelecus era un hombre joven, viejo, tenía la apariencia de un anciano con apenas veinticinco años, según cuenta José Manuel Vilabella, en sus años mozos, se ganaba la vida como bufón del Papa Benedicto – aunque eso sí, un anciano enamorado. – Y volviendo al patíbulo. Cuando guillotinó a María Antonieta, (el verdugo fue Charles Henri Sanson, con sus seis asistentes), la cabeza de la soberana rodó hasta sus pies y durante un instante fugaz abrió los ojos y esbozó una sonrisa triste, de princesa desvalida y moribunda.

        Candelucus, podía entrar y salir con todo tipo de personajes y llevarte por el mundo de los sueños. Acostumbrado a sentarse en la mesa con personajes como el Marqués de Sade, conocedor de todas las prisiones habidas y por haber, así como de todos los regímenes, a quien le gustaba presumir su libertad religiosa y sexual. En una de sus largas sobremesas con el Marques, Candelucus le reconoció: “solo unos pocos son capaces de convertir sus sueños en realidad; los ilusos sustituyen la realidad por los sueños, pero los dandis sueñan a la carta”.

        Napoleón acostumbraba presentar a su cocinero y amigo con mucho afecto y siempre con una respetuosa inclinación de cabeza, reconociendo públicamente las teorías del gallego: “Una cena excesiva puede matarte, pero un menú adecuado, puede hacerte retroceder en el tiempo y devolverte a Córcega y a los dulces brazos de tu madre”.

       Candelucus le contaba a su señor y amigo Napoleón, con más razón que un santo: “El amor y la cocina se parecen tanto porque se nutren de los mismos excesos y de idénticas desmesuras. El amor hay que aliñarlo con algo de lujuria”.

       Cinco días antes del fallecimiento de Sigmund Freud, el 26 de septiembre de 1913, una de sus criadas le entrego un paquete que le habían dejado un señor mayor. Sigmund lo abrió y se quedo estupefacto; se trataba de un libro ajado que había buscado durante toda su vida: “El tratado de Guisados, Asados y Potajes para Damas Inteligentes y Caballeros Libertinos”. Dentro una nota dedicatoria, al “Estimado señor Freud”. El sabio casi arrastrándose, corrió hasta la entrada y alcanzó a ver al caballero.

¡Candelucus, Candelucus! Gritó Freud.

       El hombre se volvió, hizo una inclinación de cabeza, sonrió al sabio vienes y desapareció en la niebla.  

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