
Un error muy frecuente es llamar empanada a la empanadilla. Lo cual, puede dar lugar a equívocos, porque alguien que no haya probado ambas puede pensar que se trata de un simple diminutivo, pero la empanadilla tiene identidad propia, del mismo modo que no es lo mismo un carajillo que un carajo (miembro viril).
El nombre de empanada viene del castellano empanar, cuya primera acepción es “encerrar algo en masa o pan para cocerlo en el horno”. Con lo cual, como veremos a continuación no nos referimos a la empanadilla.
La empanadilla es un tipo de tapa hecho con oblea (láminas de masa delgadas), rellena, que suelen hacerse generalmente con un picadillo de carnes o pescados, cocinados junto con otros ingredientes que posteriormente se fríe en aceite. Esta es una de las grandes diferencias con respecto a la empanada, que suele ser cocinada al horno. Con lo cual el color es dorado y la textura exterior de la empanadilla es crujiente y contrasta con la blandura de su interior.
Las empanadillas, glorioso invento de la Humanidad. Al parecer, y según cuentan, sus orígenes se sitúan en la cultura hebrea antigua o incluso la hindú.
En principio, las empanadillas llegaron a la península ibérica en las alforjas de los invasores moros (siglo VIII), junto a los almíbares, los hojaldres, los alfajores, las almohadas, las álgebras y muchos otros elementos hoy día comunes en occidente.
Y de la península ibérica, no solo atravesaron los mares instalándose en todo Sudamérica, si no que Francia debe a España varios de sus mejores platos, entre los que se encuentran las “empanadillas”, introducidas por los cocineros españoles del séquito de la reina de Francia Ana, hija de Felipe III, consideradas por los franceses como uno de sus grandes platos.
