
Tradicionalmente, el árbol más común y significativo para decorar la navidad, suele emplearse el abeto, conocido por su forma piramidal y su hoja perenne en forma de aguja, o también el árbol de pino con copa piramidal y sus ramas con hojas de aguja y también perennes.
La costumbre de decorar un árbol durante el invierno y posteriormente durante la Navidad, se remonta a celebraciones paganas del solsticio de invierno, donde los arboles o arbustos de hoja perenne, simbolizaban la vida y la luz en medio de la oscuridad. Estos árboles eran vistos como símbolo de la victoria de la vida sobre la muerte, y fueron adoptados y transformados por el cristianismo a lo largo de los siglos.
Según el historiador David Bertaina, los árboles de Navidad estaban originalmente inspirados en el «árbol del paraíso«. Las obras de teatro medievales que representaban la historia de Adán y Eva el 24 de diciembre, día de ambos personajes bíblicos en el calendario litúrgico de la Iglesia Católica. En dichas obras, se utilizaba en el escenario un árbol decorado con manzanas (que representaban el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal y, por tanto, el pecado original que Cristo quitó) y obleas de pastelería (representando la Eucaristía y la salvación). Con el paso del tiempo, la gente empezó a colocar réplicas del árbol del paraíso en sus hogares.
El otro arbusto o árbol pequeño que decora las Navidades es el acebo. Desde la más remota antigüedad, el acebo se ha utilizado para elaborar coronas y decoraciones para celebrar el solsticio de invierno. A lo largo del tiempo, esta práctica evolucionó, y hoy en día, el acebo se encuentra en numerosas decoraciones navideñas, convirtiéndose este pequeño árbol en un símbolo de la Navidad. Sus hojas espinosas y sus bayas (bolitas) rojas que aparecen en el invierno y lo convierten en muy decorativa y alegre. Sin embargo, ¡ojo!, es muy importante tener en cuenta que estos alegres frutos rojos, son tóxicos y deben ser colocados fuera del alcance de niños y mascotas.
