
En la popular y famosa zarzuela “La verbena de la Paloma”, don Hilarión cantaba: “los tiempos cambian que es una barbaridad».
Y así se escribe la historia, y una de las costumbres que cumplíamos a rajatabla hasta hace bien poco, era la trilogía formada por «café, copa y puro» en la sobremesa. Trilogía que en la actualidad habría que empezar eliminando al puro, perseguido por las autoridades sanitarias por los problemas y consecuencia que conlleva. Mucho me temo que la segunda pata de ese trípode, la copa, esté o está también en grave peligro no sé si, de momento, de desaparición, pero sí de recesión.
El café, por el contrario, esta en alza. Para conocer mejor esta historia, tenemos que retroceder al año 1664 a la capital de Francia. París fue la pionera en el primer café, en una calle histórica Saint André-Des-Arts, donde se servía el negro y aromático elixir y con él, dos acompañantes inseparables, el puro y el aguardiente, famosa trilogía que se extendería desde esta fecha, por toda Europa.
El aguardiente fue la primera copa popularizada, aunque conocido desde principios de la Edad Media, e incluso algunos escritores creen ver en la invención de la destilación la mano musulmana, aun a sabiendas de la prohibición de consumir alcohol, no siendo hasta finales del siglo XVI cuando se inventa el alambique, aparato que no ha cambiado hasta nuestros días. El aguardiente, al que su nombre no acompaña mucho a decir verdad, me recuerda al “Agua de fuego” de los indios americanos, los franceses sin embargo, mucho más refinados le conocen como ”Au de vie”, agua de vida, que bonito, se fue popularizando por sus poderes medicinales, decía sé que protegía cualquier enfermedad, cicatrizaba las heridas, facilitaba la digestión, eliminaba el frío, el cansancio del trabajo, pero lo más importante era, comenzar la mañana con un buen trago, o sea, con buen pie, costumbre que se sigue practicando en la actualidad en muchos lugares sobre todo de la España profunda y en bares o bodeguillas ilustres, frecuentadas por gente trabajadora, madrugadora y también hay que decirlo de algún que otro noctámbulo.
El brandy tiene una larga y antiquísima historia, es anterior, muy anterior a los famosos y afamados coñac o armagñac franceses. Tanto Andalucía como Cataluña lo elaboraban ya en el siglo XV y se exportaba a los Países Bajos y Alemania. Durante el reinado de Luís XIV aparecen los primeros licores o elixires, de los que se adjudica su invención a Fagón, químico y médico del monarca, que los utilizó en un principio para fortalecer al rey.
