
Uffington Post UK
En mi anterior escrito, hablaba de los monjes como los principales artífices en la elaboración, evolución y degustación del vino. Obviamente, ese gran interés por el vino, estaba marcado principal e indiscutiblemente por la necesidad de él para las celebraciones eclesiásticas. No olvidar que el vino es la sangre de Cristo.
Durante la Edad Media (siglos V al XV) se propaga la bebida del vino hasta tal punto que se aconseja su consumo. Los monjes podían tomar “una hemida por día” (se calcula una hemida en un cuartillo). Con el tiempo, incrementaron su consumo hasta tal punto que llegados al siglo XV, los monjes austriacos sentían tan pasión por el vino que su consumo diario oscilaba entre los dos a los cuatro litros por persona.
El vino comenzó a ponerse tan de moda en tiempos medievales, que no solo se utilizaba en las celebraciones eclesiásticas, sino que se incrementó su consumo ante la creencia de sus virtudes terapéuticas, medicinales y alimenticias. Es más, el agua estaba considerada como portadora de todo tipo de enfermedades y gozaba de muy mala fama, por el contrario, mezclada con vino, servía como antídoto o medida preventiva de enfermedades. En el régimen de sanidad redactado por miembros de la escuela de Palermo para el rey de Inglaterra, se desaconseja beber solo agua, puesto que provoca desarreglos intestinales y bloquea la digestión; la mejor bebida es el vino, especialmente el blanco y dulce. Y por si esto fuera poco, el vino gozaba de una gran popularidad por haber sido durante largo tiempo la bebida de los romanos, es decir, de los vencedores, de los poderosos. Beber hidromiel o sidra era rebajarse socialmente, y beber leche, signo de barbarie. Según los dietistas italianos de la época, había que tener muy en cuenta para seleccionar un buen vino los siguientes criterios: el olor, el sabor, el color y la transparencia. Criterios básicos que se siguen manteniendo en la actualidad. Así que: ¡VIVA EL VINO!
