Siempre redonda y amarilla, por lo que se le ha respetado y adorado como símbolo solar. Estando presente como un gran plato en una mesa o congregado a varios consumidores expectantes en la barra de un bar. Puede ser con cebolla o sin cebolla, poco hecha y muy jugosa, o muy hecha, adornada con pimiento verde o rojo que piquen o no pique, calentita o templada incluso fría, por que no, y con muchos seguidores si es en bocadillo. Quizás sea el plato más versátil y que gusta a todo el mundo.
Indiscutiblemente, la aceituna es la reina de las cosas de picar. Nos sorprendería y asombraría lo que puede dar de sí hablar de una simple aceituna: color, tamaño, aliño, relleno, etc. Las aceitunas pueden ser desde diminutas hasta gigantescas. En colores, pueden alcanzar, toda la gama de verdes, hasta los mas intensos negros, rojizos, grises. A la hora de prepararlas, en lo que se conoce como aliño, cada maestrillo tiene su librillo, aportando diversas formulas y preparaciones. Con diferentes especias y aliños. Pueden se con hueso o si hueso conocidas como desalmadas y rellenas de pimientos, anchoas o almendras principalmente.
La manera más usual de comerlas es: simplemente con los dedos índice y pulgar, aunque esto requiere una servilleta de papel. También podemos suprimir la servilleta con la utilización mas fina y elegante del palillo. Con lo cual entramos ya en el apasionante mundo de los pinchos y las banderillas, pero esto, es harina de otro costal.
El all-i-olli (que significa ‘ajo y aceite’) es una salsa que solo lleva ajos, aceite de oliva y sal. Es la salsa Mediterránea por excelencia. Su origen se remontaría a los tiempos de la antigua Roma, que a su vez los romanos la habrían obtenido de los egipcios.
El allí-i-olli es la salsa perfecta para acompañar numerosas preparaciones, en especial aquellas basadas en pescados o mariscos, aunque también acompañan a carnes, especialmente de caza.
Para lograr un buen all-i-olli, es imprescindible, disponer de un mortero de mármol o de loza, ¡ojo!, nunca de madera. Por el contrario, la maza, esa sí de madera.
Los pasos a seguir para lograr un buen all-i-olli serían: si lo quieres suave, con tres ajos será suficiente, si lo quieres fuerte, entre 6 y 9 (a gusto del consumidor), pero, el all-i-olli, tiene que ser fuerte. El aceite de oliva virgen, entre ¼ a ½ litro según la cantidad que se quiera hacer.
Su preparación es muy sencilla, pero, necesita mucho amor. Una vez pelados los ajos, los machacamos en el mortero con un poco de sal, hasta conseguir una pasta fina. A continuación, vertemos el aceite con una mano poco a poco, con un chorrito muy fino, mientras con la otra mano removemos con la maza, sin parar, ¡ojo!, siempre en el mismo sentido.
Según los grandes cocineros, el recipiente donde se prepara el caldo,tiene que estar tapado o cerrado, porque si no, se enturbia. Y aunque yo ignoro la razón, es cierto que, si no lo tapas, se enturbia. Y en caso de enturbiarse, ¿Cómo se clarifica? La solución es muy sencilla. Levantamos unas claras de huevo a punto de nieve (muy batidas con batidora) y las añadimos al caldo enturbiado, y veremos como las partículas que enturbian al caldo, se adhieren alrededor de las claras a punto de nieve. Escurrimos las claras con una espumadera y tendremos un caldo limpio y transparente.
Es más, el escritor catalán Josep Pla, llego a decir que no hay amor sin buena cocina. La practica del amor es inconcebible entre personas mal comidas o tirando a hambrientas.
A pesar de que tenemos asociado el canto de los gallos al amanecer, éstos no lo hacen por dar la bienvenida al día, ni para despertar a sus dueños.
Despertarse cada mañana con el CACAREO de un gallo como despertador, puede suponer un suplicio para muchos, sobre todo si no estas acostumbrado. Por el contrario, como dice el refrán: “El hábito no hace al monje”, en este caso, si hace al monje y lo podemos definir como un despertador de la naturaleza. Los gallos tienen un reloj interno que les alerta de la hora del amanecer, incluso en los cambios de estación. Cuando suena la alarma de su reloj interno, los gallos comienzan a cantar advirtiendo de su presencia al resto de animales de la granja.
Desde el primer canto del día, el gallo quiere hacer valer su posición jerárquica y su sexualidad, y una de las formas que tienen para mostrar su poderío, es a través de su canto desafiante.
Desde primera hora de la mañana, el gallo está marcando el territorio y espera después de cada canto, una respuesta de algún posible adversario. Si ninguno contesta, reina la paz y el silencio, pero si hay algún gallo osado que canta, la réplica puede comenzar: primero con una batalla de cantos y después, si la lucha vocal continua, puede conducir irremediablemente a una pelea.
Por otro lado, también con el canto, los gallos seducen a las gallinas que, por una parte, se dejan localizar, y por otra, comunican que están activas sexualmente.
La palabra castellana “queso” deriva del latín CASEUS que según San Isidro viene de quasi careum, de quasi, casi, y una forma de carere, carecer, porque el queso carece de suero.
Desde los tiempos más remotos, la pesca ha sido uno de los principales recursos en la alimentación del ser humano. Se consumía fresca y en conserva, secado al sol, ahumado o salado.
Cuenta la tradición griega, que el monopolio de la pesca lo tenían las mujeres. Pero cuando la ninfa Anphitrita (“la tercera que rodea el mar”, en la mitología griega era la antigua diosa del mar tranquilo), se convirtió en consorte de Poseidón, perdió este privilegio y la actividad de la pesca perteneció a los hombres.
La barbacoa es un invento tan antiguo como el fuego. Y más que un utensilio, podríamos considerar a la barbacoa como una forma de asar, que proviene de la zona del caribe. La palabra barbacoa significa “zarzo” (tejido de varas, cañas o juncos) o “andamio” que se coloca encima del fuego, y así, los alimentos se asaban lentamente con un calor indirecto. La barbacoa es eso, un sistema de asado en el que la carne no tiene contacto directo con el fuego, sólo con el calor del hoyo donde está la brasa, sin mezclar líquido alguno que pueda hacerle perder parte del sabor.
Como decía, para asar la carne de sus cazas los pueblos de la zona del caribe usaban el “zarzo” un utensilio de leños verdes que colocaban sobre las llamas de un fuego en una fosa longitudinal. A este primitivo artilugio de cocina se le conocía como “barbacúa”, término que con la llegada de los colonos españoles también pasó a usarse para describir la técnica de asado a través del calor irradiado por brasas o llamas. Aquella forma de cocinar acabó extendiéndose por todo el mundo.
Como es bien conocido, al llegar los conquistadores españoles se encontraron no solo con una inmensa variedad de nuevos alimentos (patatas, alubias, cacao, maíz, etc., etc.), además descubrieron las más asombrosas formas de cocinar, como la “barbacoa”.